Carta a mi madre

Mi madre y yo (02)


Este texto fue escrito para el curso de la UNED. Se nos pedía que escribiéramos sobre una experiencia que hubiera marcado nuestras vidas. Me costó mucho decidir, pero acabé eligiendo la muerte de mi madre… Era un texto que, en teoría, debería repetir tres veces más durante el curso. Acabé el curso, pero sin hacer más el texto —de haberlo hecho la ansiedad habría podido conmigo y creo que está bien así—.  Realmente de este curso solo he sacado algo bueno: un grupo de escritores estupendos con los que hablar.

Como hoy cuadra que es el cumpleaños de mi madre —una fecha extremadamente difícil para mi —y quería subir algo para ella, he pensado que estaría bien subir el texto en el blog. Aquí tenéis, un pedacito de mi alma y de mi pasado. Esto es lo que ha marcado tantas de mis historias.


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¿A qué me dedico?

escritura

¿A qué me dedico? Verás, tengo que expresar una idea, sin renunciar a ella ni a mis principios, pero al mismo tiempo tengo que crear un producto apetecible para quien lo va a consumir. Tengo que darle forma a esa idea, corregir los errores, asegurarme de que no hay ningún cabo suelto y hacer con esa idea un pequeño estudio de mercado, para ello suelo recurrir a gente que me da el visto bueno o me dice en lo que cree que fallo. Sigue leyendo “¿A qué me dedico?”

¿Los enfermos no somos luchadores? ¡Venga ya!

Últimamente se está hablando por Internet de los enfermos y su lucha, de la importancia que tiene el llamarlos luchadores en su vida. El debate viene de que algunos opinan que llamar luchador a un enfermo lo condiciona, le responsabiliza de una enfermedad que no es culpa suya y de una recuperación que no está, al menos en su totalidad, en sus manos. Efectivamente su recuperación cae en manos de un equipo médico, del tipo que sea, que busque la forma de curarle o bien de hacer que su vida sea menos limitada, pero voy a discrepar en lo de no llamar luchadores.

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Dolor de cabeza

Te agarra con fuerza, clava sus uñas en tu cráneo, te aprisiona e incluso impide que puedas respirar con facilidad. Cualquier sonido, por pequeño que sea, puede ser una tortura, un infierno; tus propios suspiros y quejidos se te clavan como cuchillos;  el descanso desaparece para ti; nunca más te puedes relajar… Porque el dolor es demasiado fuerte, porque no se va, porque sigue a tu lado día tras día.

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