Carta a mi madre

Mi madre y yo (02)


Este texto fue escrito para el curso de la UNED. Se nos pedía que escribiéramos sobre una experiencia que hubiera marcado nuestras vidas. Me costó mucho decidir, pero acabé eligiendo la muerte de mi madre… Era un texto que, en teoría, debería repetir tres veces más durante el curso. Acabé el curso, pero sin hacer más el texto —de haberlo hecho la ansiedad habría podido conmigo y creo que está bien así—.  Realmente de este curso solo he sacado algo bueno: un grupo de escritores estupendos con los que hablar.

Como hoy cuadra que es el cumpleaños de mi madre —una fecha extremadamente difícil para mi —y quería subir algo para ella, he pensado que estaría bien subir el texto en el blog. Aquí tenéis, un pedacito de mi alma y de mi pasado. Esto es lo que ha marcado tantas de mis historias.


Hola, mamá. No sabes cuánto te echo en falta en estos momentos…

Aunque hace ya mucho tiempo, te fuiste cuando yo era muy pequeña, sigo recordando nuestros juegos y tu cariño. Echo de menos hasta esas riñas y castigos que alguna vez tuviste que darme. Lamento no volver a oír tu risa, no volver a verte pintando o buscando alguna otra forma creativa de expresarte y sentirte realizada… ¿Supongo que en eso salí a ti, verdad? Ambas siempre hemos necesitado la creatividad como si fuera el oxígeno y la imaginación ha sido nuestro más potente motor.

Eras una persona alegre y vital, aunque siempre te faltó algo. Pese a tu carácter alegre era fácil vislumbrar cierta tristeza en tus ojos, algo que te atormentaba. Al fin y al cabo ya sabías que tu vida estaba marcada y que tu hija tampoco estaba bien… Me pregunto si te culpabas del futuro que yo podría tener, de mi fragilidad. Tal vez conocías tu destino y temías por cómo iba a ser mi vida sin ti. No puedo preguntártelo y sacarme estas dudas de encima, pero si echo un vistazo a nuestro pasado puedo contemplar aquella mirada cansada y triste. Puedo ver tus intentos por aprovechar cada momento y tu miedo a que me hiciera el más mínimo daño… Creo que acierto al pensar que tú te sentías de esa forma. Cinco años viviste atormentada, sufriendo por tu hija y por lo que sabías que te esperaba.

Siempre estabas dispuesta a juegos, siempre se te ocurría algo que hacer juntas. No perdías una oportunidad de disfrutar conmigo y para mí lo eras todo: mi mundo, mi sol, mi ángel… La estrella más brillante, la estrella de mar más bonita.

No, no eras perfecta. Nunca lo pensé y nunca hubiera esperado que lo fueras. Eras tú, con tus virtudes y tus defectos, eras mi madre y todo de ti era deslumbrante para mí. No quería una madre perfecta, te quería a ti… Te quiero a ti.

De pronto llegó ese fatídico día. El día en que tus fuerzas comenzaron a fallarte y los médicos eran quienes más trataban contigo. Te vi mantenerte en pie, caer y levantarte. Te vi luchar con todas tus fuerzas y seguir queriéndome cerca todo el tiempo posible. Las cosas estaban degenerando, pero tú seguías siendo esa luz intensa y fuerte, luchando contra toda adversidad. Vi como dejabas de andar, como acabaste sometida a esa silla de ruedas y como esas fuerzas volvían al estar con los médicos, haciendo que no te tomasen del todo en serio, ni ellos ni él. Mi padre perdía los nervios, no soportaba esa situación, y la tensión ya existente en casa iba en aumento. Pero las cosas aun podían empeorar…

Pronto te viste postrada a la cama, sin poder moverte o comunicarte. Tu vida se limitó a esa habitación y acabaste teniendo que comer con jeringuilla. Ya no podías jugar, reír o ir conmigo a los sitios. Ya no estabas del todo, pero seguías estando. No iba a permitir que te fueras, ni que sufrieras más de la cuenta. Quería hacerte feliz y esperaba que con ello te recuperases, te levantases de la cama…

Iba cada día a tu lado. Te contaba historias, te cantaba, bailaba para ti y te enseñaba todo lo que aprendía o me parecía emocionante e interesante. Quería compartir contigo todo y me maravillaba ver como tus ojos se iluminaban, como una sonrisa se reflejaba en ellos. Cada vez que veía ese brillo en mi crecía la esperanza. Te estaba dando fuerzas, podrías luchar y sobreponerte. Eras una guerrera, siempre te vi así y eso no cambió.

No pude estar siempre contigo. Un día me alejaron de ti, bajo la promesa de que estarías bien. Pese a que algo me decía que no era así, me dejé convencer. Ellos eran los adultos, ellos sabrían lo que decían. Si me decían que estarías bien… Tal vez cuando regresase de junto mis primos estarías sana de nuevo, esperándome con los brazos abiertos para salir a jugar.

Traté de disfrutar, creo que lo hice, esa parte está más difusa, al menos la parte emocional. Llegué a casa radiante de felicidad y presumiendo de juguetes nuevos. Le enseñé a mi padre, a mi abuela y a la tuya todo cuanto había conseguido, contándoles como me lo había pasado. Sí, había pasado frente a tu cuarto. No, no te había visto en la cama. Preferí pensar que habías salido, que estabas bien por fin, y creo que no pregunté por temor a equivocarme. No quería saberlo, me negaba a que eso estuviera pasando. Me negaba a haberte abandonado en el peor momento… Y la burbuja estalló. Me hicieron saber porque no se emocionaban, porque su rostro mostraba tanta angustia. Tú no estabas y no ibas a volver. Te habían arrebatado de mi lado para siempre.

Lloré, grité y golpeé la cama con todas mis fuerzas. No importaba cuanto me dolieran los puños o los brazos, más me dolía el corazón.

—¡Lo sabía! —gritaba, apartando a los demás de mi y golpeando con más fuerza la cama —¡Lo sabía y ahora me han quitado a mi madre!

Tenía cinco años cuando te perdí, pero nunca se me borrará la marca que dejaste y no consigo cerrar la herida que tu muerte provocó. Tenía cinco años cuando mi mundo se rompió por completo, cuando se creó un camino lleno de obstáculos frente a mí; sin mi ángel de la guarda, mi guía, para poder afrontar mejor todos los problemas que fueron apareciendo. A partir de entonces mi vida fue más cuesta arriba, la felicidad se hizo más esquiva y el dolor se refugió en mi interior, como un parasito imposible de eliminar y que cada vez se hace más fuerte. Se alimentaba de cada pequeña herida, de cada llanto retenido… De cada vez que evitaba hacer daño a los demás o causar problemas, provocando ese daño en mi misma. De cada esfuerzo por forzar una felicidad inexistente y de evitar ser una carga para los que me rodeaban.

Estoy en una etapa muy mala, muy dura, y cada día pienso en cómo sería si estuvieras. Cada día pienso en cómo me reconfortarías en mis duras caídas y me ayudarías a salir de este pozo en el que cada vez me hundo más.

Te quiero, mamá. Te echo mucho de menos, te necesito, pero sé que querrías que luchase y eso hago cada día. No voy a rendirme, no temas, por mucho que me caiga.

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4 comentarios sobre “Carta a mi madre

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  1. Jo, Andie…

    Supongo que ya te lo he dicho alguna vez antes, pero no me importa decírtelo una vez más: no puedo evitar llorar cada vez que leo algún escrito tuyo sobre tu madre. Me conmueve muchísimo. La ternura de tus recuerdos, el echar de menos incluso sus regañinas, el dolor por su ausencia… A mí me rompería el corazón la idea de tener que separarme de ese modo de mis hijos (ya me duele con los gatos, imagínate de un hijo) o, como hijo, perder a mi madre así. No puedo saber qué haría yo en esa situación (creo que esta es una de esas ocasiones en las que nunca sabes cómo reaccionarías hasta que te ves en ella), pero tu madre escogió la mejor opción: disfrutar del tiempo contigo, regalarte lo más valioso que podía darte: unos preciosos recuerdos con ella.

    No sé cómo era tu madre, pero el profundo cariño que transmites cuando hablas de ella es la mejor carta de presentación. No tengo forma de saber qué sentiría al leerte u oírte hablar de ella con tanta ternura, pero sé cómo me siento yo y puedo asegurarte que nada me haría sentir mejor que conseguir que mis hijos hablan de mí de esa forma. Me sentiría muy orgulloso, de mí mismo, pero también de mis hijos por abrir su corazón así.

    También quería darte las gracias. Este relato me ha hecho darme cuenta de todo el tiempo que llevo sin hablar con mi madre y la he llamado. Hemos estado hablando una buena hora y media, y no me he olvidado de decirle que la quiero ni de darle las gracias por todo lo que ella y yo sabemos que ha hecho por mí, que es mucho. Solemos dar por supuesto el cariño entre padres e hijos, pero un “te quiero, mamá/papá/hijo/a” nunca está de más.

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    1. Tu comentario ha sido de las primeras cosas que he visto al despertarme. Me has sacado una sonrisa. De verdad, muchas gracias por un comentario tan bonito.
      Me alegro mucho de que el texto te recordara que tenías que hablar con tu madre. Hay que aprovechar cada momento con las personas que apreciamos :).
      Estoy haciendo llorar a la gente y me dan unas ganas de abrazaros cada vez que me lo decís xD… Me da pena haceros llorar.
      En cuanto a los hijos… Yo contaría a los gatos como hijos, a Kiba lo tengo como tal. Al fin y al cabo los adoptamos, los cuidamos y los protegemos.
      Lo dicho, tu comentario me ha sacado una sonrisa. Te lo agradezco mucho.

      Le gusta a 1 persona

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