cuentos·Obra·Retos LiterUp 2017

Reto 12. El guardián de los cielos

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Durante un segundo, tan solo había cerrado los ojos durante un segundo, y ahí estaba, en un mundo totalmente distinto. El cielo era de un azul claro, pero con motas moradas aquí y allá, como si un pintor hubiera sacudido el pincel sobre el lienzo; en este asomaban a la vez luna y sol, cerca el uno del otro; altos árboles de múltiples colores se alzaban, rozando nubes rosas con sus largas ramas y dejando caer trozos de estas sobre un suelo de baldosas hechas de ónix; flores de cristal, brillantes y de arcoíris, flotaban tan ligeras como una pluma; plantas de coloridas hojas cubrían las laderas del camino en el que se encontraba;  flores gigantes, de pétalos que recordaban al terciopelo, asomaban desde arbustos tan grandes como una persona… Un lugar vibrante y colorido se mostraba ante ella, un lugar extraño y agradable que le daba ganas de explorar. Un segundo, solo había cerrado los ojos un segundo, aburrida de la vida monótona que una señorita debía llevar, y se había despertado en un lugar nuevo y probablemente divertido.

Con una sonrisa surcando sus labios, se agachó y recogió uno de los trozos de nube. Olisqueó la esponjosa y pegajosa substancia, recibiendo un aroma dulce y conocido.

—Algodón de azúcar —musitó, antes de llevar el trozo a su boca y saborear aquella delicia.

— ¿Cómo puedes comer esa cosa? —Una voz asqueada, acompañada de un sonido metálico, la sobresaltó e hizo que se diera la vuelta, para encontrar ante ella la figura de un hombre hecho totalmente de hojalata. El hombre se movía con torpeza y dificultad, a causa del óxido que tenía en sus engranajes —. Es repugnante, no entiendo cómo puedes comerla.

Ella miró el trozo de nube que aun quedaba en su mano.

— ¿Lo has probado?

El hombre de hojalata se mostró alarmado y sacudió la cabeza lo más rápido que pudo, atascándose cada poco y teniendo que forzar el movimiento.

—Que cosas tienes, nadie en su sano juicio haría algo semejante. Además, el guardián de los cielos podría enfadarse —comentó aquel extraño ser —. Tengo entendido que son su alimento. Qué asco, que repulsión. ¿Cómo podéis comer eso?

Y farfullando aquellas palabras, el hombre se alejó. Ella puso los ojos en blanco y dejó escapar un resoplido.

—Que quisquilloso. Si nunca lo ha probado no puede saber si le gusta…

Y esas palabras le recordaron las miles de veces que su abuela se las había repetido con diferentes comidas.

—Carece de importancia —expresó, tras un suspiro —. ¿Qué será ese guardián de los cielos del que ha hablado? —añadió, caminando por aquellas baldosas negras.

La curiosidad no dejaba que aquel pensamiento abandonase su mente. Quería saber cómo era aquel ser, porque custodiaba el cielo y porque, seguramente, sería el único que comiera las nubes.

—Chica tonta, eso no se come. —Sus pasos la habían llevado, absorta en sus pensamientos y sin darse cuenta de cuánto había caminado, hasta una cueva frente a la que una criatura enorme y verde la observaba. La criatura tenía los ojos muy separados, de un color entre amarillo y verde; sus dientes eran afilados y los inferiores asomaban desde unos labios resecos; su piel estaba cubierta de verrugas; tenía una larga melena rojiza, pero con zonas calvas;  solo una raída tela cubría su piel y sobre su hombro portaba un mazo tremendamente grande.

Ella, pese a lo imponente que la criatura le parecía, le miró con obstinación y desafiante.

—No soy tonta, no sé quién te crees que eres para insultarme —se quejó, llevando una de sus manos a la cintura —. Ni tan siquiera me conoces… Serás maleducada y descarada, tomándote tanta confianza con un desconocido como para faltarle al respeto.

Y ahí estaba, otra frase dicha por su querida abuela.

—Como sea… ¿Por qué no se come? Está delicioso.

La criatura negó con la cabeza.

—Tienes valor, chica tonta, para enfrentarte a una ogra, pero sigues siendo tonta —. Las palabras de aquella criatura le estaban poniendo de los nervios —. Eso no es delicioso, es asqueroso, y nadie, salvo el dragón, lo come.

¡Dragón! El guardián de los cielos era un dragón.

— ¿Y qué custodia ese dragón?

— ¿Custodiar? Ah, ya. —La ogra puso los ojos en blanco y movió la cabeza con gesto molesto —. El guardián y esas historias… Nadie sabe porque protege tanto el cielo, pero es el único que puede estar en él, a no ser que se le convenza de que deje que pases.

— ¿Y los demás dragones? —Tenían que haber más, ¿Qué hacían si no podían volar con su compañero?

La ogra empezó a reír y volvió a llamarla tonta. Los dragones habían desaparecido, tan solo quedaba aquel al que llamaban guardián.

—Tal vez sea que está esperando que lleguen más. Tal vez esté cuidando la casa de su especie para cuando regresen. — La ogra se puso a pensar en ello e hizo un gesto a la chica para que siguiera su camino —.Pregúntale a él si tanta curiosidad tienes, solo debes seguir ese camino…

Pero no le señaló ninguno, tan solo se fue.

Molesta con aquella ogra, la chica retomó sus pasos, buscando el camino que debía llevarla hacia el dragón. Ver humo a lo lejos le hizo apurar el paso, probablemente allí estaría el guardián, pero al llegar su ilusión se desinfló como un globo que hubieran pinchado con una aguja. Tan solo era un tren viejo y destrozado.

Se sentó junto al tren y observó el cielo. ¿Cómo podía encontrar esa criatura? Y de pronto, una silueta con alas surcó el cielo frente a sus ojos.

Se levantó y echó a correr, siguiendo a aquel animal, hasta que por fin pudo parar frente a él. Un enorme lagarto rojo, con alas verdes y plumas amarillas, le contemplo con sus enormes y grises ojos.

— ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres?

—Me llamo… No importa, solo quería conocer al guardián de los cielos y saber que custodia.

—El cielo, boba —respondió el dragón, provocando que la chica apretase los dientes con disgusto —. Estoy enamorado del cielo y de la libertad que me proporciona al volar, no quiero que nadie me lo quite.

La chica se quedó en silencio, contemplando al dragón que tenía la mirada perdida en el cielo.

—Pero, eso es egoísta  —le recriminó —. Si tanto te gusta la libertad que te da el cielo no es justo que se la niegues a los demás. ¿No sería bonito que todo aquel que pueda lo disfrute también? ¿No haría más maravilloso el cielo?

El dragón volvió a dirigir su mirada hacia la chica. Ella no estaba segura de si había hecho bien, no sabía interpretar el rostro de un reptil,  y quizá lo había enfadado. ¡Enfadar a un dragón! ¿Quién, si no ella, podría hacer una locura así? Había llegado a un mundo divertido y bonito, pero  ¿Cuánto tiempo le quedaba para disfrutarlo?

—Quizá no seas tan boba después de todo…  —La chica suspiró aliviada al escuchar al dragón — ¿Tú no eres de aquí, verdad? ¿Quieres que te lleve a casa?

— ¿Podré volver? —preguntó ella con tono triste —. Mi mundo es aburrido, pero creo que lo echaré de menos si no me voy. ¡Aun así me gusta más este y no querría perder la oportunidad de volver!

El dragón dejó escapar una carcajada y asintió.

—Me has caído bien, así que te traeré siempre que me llames — prometió, dando a la chica una de sus escamas —. Pero, tal vez si te esfuerzas encuentres algo que te apasione, algo que te de ganas de quedarte en tu mundo y solo soñar con este.

Ella prometió buscarlo, pero que mientras no lo encontrara lo llamaría de vez en cuando.

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