Obra·relatos·Retos LiterUp 2017

Reto 6. Angustiosa esperanza

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Sentía el cosquilleo del agua y los peces contra su pie, mientras la brisa traía consigo el aroma del mar y mecía su melena anaranjada. Sus ojos, grandes y grisáceos, oteaban el horizonte, esperanzados y llenos de alegría. Sus doradas mejillas estaban enrojecidas y de entre sus labios asomaban sus pequeños y, ligeramente, torcidos dientes.—Qué feliz se te ve, pequeña Freya —comentó una anciana, que la observaba con su único ojo bueno, mientras sus arrugados y oscuros dedos colocaban bien su parche—. Cualquiera diría que hoy es un gran día.

— ¡Lo es! —exclamó la niña, girando su cabeza con energía para poder cruzar su mirada con la de ella—. Mamá tiene que volver a casa, si todo va bien su barco atracará pronto en el muelle.

La anciana dedicó una enternecida sonrisa a Freya, mostrando sus escasos y podridos dientes, mientras revolvía su melena con una caricia. La pequeña estaba ansiosa por escuchar las aventuras que su madre había vivido y por ver los tesoros que habría robado; deseosa de oír hasta el más mínimo detalle sobre el viaje de su madre, pero también de contarle todas las aventuras que había vivido ella en su ausencia y de enseñarle lo habilidosa que se había vuelto, tanto en el robo y la espada como con la carpintería.  Se estaba convirtiendo en una pequeña gran pirata, palabras de su hermano, y quería demostrárselo a su madre.

—Estoy segura de que estará muy orgullosa —comentó la mujer antes de alejarse y dejar a la niña con sus fantasías.

Freya siguió contemplando el mar, ilusionándose cada vez que veía movimiento en la lejanía  y sintiendo como se le iba formando un nudo en la garganta cuanto más tiempo pasaba. El cosquilleo del agua en su pie empezó a resultar incómodo y tuvo que subirlo a la madera del muelle; la brisa comenzó a irritarle y el frío se apoderó de su pequeño cuerpo. Freya se mordía el labio, distraídamente, mientras el estómago amenazaba con subirle hasta la boca.

—Freya. —La voz de su hermano, Víctor, la sacó de sus pensamientos y le hizo darse cuenta del sabor metálico que cubría su boca —. ¿Por qué te has mordido tanto? —Preguntó él mientras le limpiaba los labios con un pañuelo.

Aunque Víctor no era de los hombres más altos y grandes que conocía, ni siquiera delos de 15 años, para Freya resultaba inmenso. Siempre le gustaba subirse sobre su espalda, le hacía sentir grande, y admiraba la fuerza que el chico portaba, pero en aquel momento no tenía ningún interés en ser alzada.

—Hoy vuelve mamá. —Fue la única respuesta de Freya, que mantenía la mirada fija en el horizonte.

Víctor observó a su hermana, mientras pasaba los dedos por sus mechones anaranjados, del mimo tono que los que él llevaba recogidos con un lazo negro. Llevó su mirada, de aquellos oscuros y profundos ojos, hacia donde la niña tenía perdida la suya y dejó escapar un leve suspiro. El ambiente se había vuelto algo turbio, el mar parecía intranquilo y las nubes se habían oscurecido.

—Vamos a comer, luego podrás volver a esperarla. —Víctor hablaba con dulzura y amabilidad, cogiendo a Freya entre sus brazos, pero la preocupación de su voz no pasaba desapercibida para ella —. Entiendo que tengas ganas de verla, pero no le servirá de nada que enfermes.

No, no era que comiera o no lo que de verdad  preocupaba a Víctor. Algo le tenía intranquilo, y Freya estaba segura de que era lo mismo que la perturbaba a ella, lo mismo que provocaba ese extraño nudo en su garganta y la presión en su estómago.  Pero no rechistó, se dejó llevar, mientras el mar se alejaba de ella con una imagen cada vez más gris y triste.

***

 La comida le resultaba insípida y pesada. Por más que se esforzaba no era capaz de comer más y Víctor no sabía cómo animarla.

—Y no falta mucho para que vuelva papá también —dijo este, tratando de sonreír con entusiasmo —.Pronto estaremos los cuatro.

Ella asintió, sin dejar de mirar por la ventana.

—Tú podrías haber ido —respondió ella —. Ya has participado en varias aventuras piratas, incluso aunque yo no pudiera ir en el barco. Solo tendríais que haber buscado a alguien que se encargase de mí mientras tanto, o podría apañármelas.

—Sé que podrías, pero yo no quería. —Freya miró hacia su hermano durante un momento, antes de volver a dirigir sus ojos hacia la ventana —. Al igual que papá y mamá quiero disfrutar del tiempo contigo, hay que aprovechar cada momento y más con nuestra vida.

Freya volvió a asentir. Sabía a qué se refería. Siempre había tenido claro cómo era la vida de su familia. La vida de pirata, aunque fuera emocionante, era peligrosa, inestable y a menudo corta. Nunca sabías como volverías del mar, o incluso si volverías. Cada segundo era oro y el oro era muy valioso para un pirata. Sabía lo peligroso que era, las pocas posibilidades que había siempre de volver a ver a su familia, pero ellos siempre volvían. No por nada eran tan respetados y temidos.

Freya apretó los dientes y movió el tenedor contra el plato. Las nubes se arremolinaban y se oscurecían cada vez más. Una negra figura cruzó frente a su mirada, una figura que le dedicó una fugaz y cruel sonrisa. Sintió como el corazón le daba un vuelco y como el frío recorría su piel, un frío que desapareció en cuanto las llamas, transportadas por las flechas, invadieron su casa.

No tardó en verse envuelta en humo y sentir como su casa se derrumbaba. Tosía, en busca del oxígeno que ya no ocupaba aquel lugar, pero era incapaz de moverse de su silla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras contemplaba, horrorizada, como los muebles ardían y fragmentos de su hogar caían. Fue Víctor el que logró sacarla de allí con vida, fue él quien a volandas la llevó al exterior.

La sombra que le había sonreído desde el exterior se alejó del escenario de tal masacre, seguida por la mirada de la anonadada niña, que aun temblaba siendo refugiada por los brazos de su hermano. No era el fuego y la destrucción, la posibilidad de haber muerto ambos, lo que le provocaba esos temblores, habían sobrevivido y, aunque la impresión era fuerte, eso la  calmaba. Era algo más, había algo que la tenía intranquila desde mucho antes, ese  nudo en el estómago que se le había formado cada vez era más fuerte.

—Vamos al muelle, Víctor.

No era necesario irse para comprobarlo. En una de las piedras que habían caído de la casa, con letras escritas con sangre, se podía leer un nombre: Ingrid. El nombre de su madre era tachado varias veces, con rabia, y junto a aquella ruina había un corazón.

***

Freya acariciaba la punta del sol de su colgante, el cual era tapado por una luna, recordando uno de los peores días de su vida, mientras su vista se perdía en el oleaje. Tantos años habían pasado ya y el fantasma de su madre aun le perseguía.

Una mano se posó en su hombro, llamando su atención. Su hermano le sonreía con la misma ternura que antaño, y con el respeto que solo se le tiene a un superior.

— ¿Lista para zarpar, capitana?

 

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