¿Los enfermos no somos luchadores? ¡Venga ya!

Últimamente se está hablando por Internet de los enfermos y su lucha, de la importancia que tiene el llamarlos luchadores en su vida. El debate viene de que algunos opinan que llamar luchador a un enfermo lo condiciona, le responsabiliza de una enfermedad que no es culpa suya y de una recuperación que no está, al menos en su totalidad, en sus manos. Efectivamente su recuperación cae en manos de un equipo médico, del tipo que sea, que busque la forma de curarle o bien de hacer que su vida sea menos limitada, pero voy a discrepar en lo de no llamar luchadores.

Llamar luchador a un enfermo no está poniéndole la cruz de tener que curarse sí o sí, exigirle una lucha ligada a su recuperación sí, exigirle que luche más allá de sus límites sí. Un enfermo efectivamente ES un luchador. ¡Por favor! ¿Qué lucha es mayor que la que tiene que llevar a cabo alguien que ve su vida perdida? La lucha de seguir adelante, de darlo todo para que el tiempo que sigas vivo estés de verdad vivo, y te sientas como tal. Porque una enfermedad (sea del tipo que sea, sea la dolencia o el mal que sea) te destroza, te hunde y te puede llegar a hacer sentir muerto en vida, puede hacerte sentir que estas vivo, pero que careces de vida. Esa lucha es desesperada, dura y quizá de las más importantes que se pueden tener (y que ojalá no se tuviera).

Voy a hablar desde mi experiencia, desde los males que me atenazan en mi día a día. Me quedaré corta, sobre todo porque no quiero explayarme demasiado en este tema, pero creo que me ayudará a explicar mejor a lo que me refiero y que esto, tan duro y doloroso para mi, podría ser de utilidad. Cualquiera que lea mi blog o me siga en las redes sociales probablemente ya se habrá dado cuenta de que mi salud no es un campo de rosas, sobre todo por unos horribles dolores de cabeza de los cuales surgen otros tantos problemas, pues vamos a profundizar un poco más en ello.

No recuerdo un momento de mi vida en el que no haya tenido algún problema respecto a este tema, o que no haya tenido que ir con pies de plomo para proteger mi salud. Ser precavida era una obligación hasta siendo una cría (y no estoy hablando de diez u once años, hablo de cuatro o cinco). Tener que cuidar de mi misma en todo momento, atenta a cualquier alteración en mi salud o evitando cosas que pudieran dañarme, sin entender bien por qué. Y es que desde que nací soy algo más frágil que la mayoría (esto es debido a ciertos problemas ligados a mi nacimiento en los que prefiero no ahondar), siendo considerada persona de riesgo. Hasta la más mínima de las fiebres es algo que vigilar. Malestares continuos, propensa a enfermedades… Y sin embargo, una niña que intentaba ser lo más normal posible (creo que a ojos de todo el mundo lográndolo) y entusiasta. Pero al crecer y llegar a, más o menos, la edad de la pubertad, esos problemas crecieron conmigo. Los malestares empezaron a aumentar; los dolores de cabeza fueron tan fuertes que hicieron que cosas que me eran sencillas se volvieran complicadas; fuertes mareos me daban continuamente, llevándome a situaciones peligrosas; el cansancio y los problemas de sueño hacían mella en mi, haciendo que no fuera tan enérgica y que mi cerebro buscase vías de escape, volviendo a ponerme en aprietos; fuertes espasmos que me hacen retorcerme y golpearme contra todo lo que hay a mi alrededor; alergia a un montón de cosas, hasta el punto de ponerme completamente roja… Llegué a un punto que dejé de salir si no había alguien que pudiera acompañarme; dejé de estudiar, porque ni siquiera podía ir a los institutos; no pude trabajar en nada donde no dependiera de otra persona… Depresión (disociativa), ansiedad, problemas de apetito, obsesiones (sobre todo con temas de salud), problemas para relacionarme (e impotencia ligada a ello)… La cosa no mejoraba. Si un problema se iba (este nunca ha sido el dolor de cabeza), otro ocupaba su lugar, y la mayoría de veces el que se iba volvía.

Pero no, eso no me ha frenado. Aunque a menudo veo el fondo del pozo muy cerca de mi, aunque a veces tengo ganas de acabar con todo (esto es difícil de admitir, pero ha sido una idea muy tentadora en más de una ocasión), he seguido adelante, más o menos. A trompicones, con fuertes y dolorosas caídas (en las que tengo que levantarme con mi propio esfuerzo, porque la gente de mi alrededor muchas veces no sabe como ayudarme (no voy a negar el esfuerzo de los demás, el apoyo que me dan es impagable y me ha sacado del hoyo muchas veces, pero es mi voluntad la que hace el resto, y con lo que me cuesta apreciar mi esfuerzo no voy a negarlo ahora)), sigo adelante. Sigo buscando formas de encaminar mi vida, de tal vez algún día superar este bache o de preparar el camino para cuando los médicos logren ayudarme por completo. Sigo tratando de darme un futuro, una esperanza, de buscar cosas que me distraigan del dolor y me hagan sentir que sigo viva, que me hagan desear estarlo (por banales o absurdas que parezcan). Sigo luchando día a día, y como yo otros tantos.

Los enfermos luchamos, todos. Cada cual a su manera. Unos pueden más, otros menos. Unos llevan su lucha de una forma, otros de otra. Algunos tienen más esperanza, otros menos, algunos solo aprovechan lo que les queda… Pero no se debe despreciar ese esfuerzo, pues es el más grande que se puede llevar a cabo. Es la lucha más dura porque es la lucha contra la vida, contra la muerte… Es la lucha contra una sociedad que nos ve rotos, defectuosos, y así nos hace sentir, pues esta sociedad no acepta a nadie que esté limitado. Es la lucha contra nosotros mismos, el mayor enemigo que puede tener cualquiera, pues somos los que podemos levantarnos, pero también los que podemos tirarnos. Es la lucha contra las palabras hirientes que pretenden dar ánimos, la lucha con el no saber que pasará mañana, la lucha contra el miedo y contra la presión… No es una simple lucha, es UNA GUERRA.

Así que, por favor, dejad de negar la lucha de quienes sufrimos algún tipo de mal. Dejad de negar el esfuerzo que llevamos a cabo, aunque esto sea con buenas intenciones. Porque con eso solo nos enmudecéis, nos quitáis fuerzas y negáis nuestros méritos.

No, un enfermo no tiene que luchar por curarse, pero sí, lucha por seguir viviendo.

Gracias a todo el que me esté leyendo y mucho ánimo a todo el que esté pasando por una mala situación de este estilo, o del que sea. Que nadie niegue tu fuerza y tu valor, solo tú sabes cuanto estás luchando.

Anuncios

2 comentarios sobre “¿Los enfermos no somos luchadores? ¡Venga ya!

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: