Reto 4. El peligro no es bueno

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Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.

El sol brilla con intensidad, provocando un calor abrasador del que solo logran escapar algunos privilegiados que dan con las pocas sombras que hay.  Las clases han alcanzado su final y los alumnos abandonan el instituto, ansiosos de llegar a casa y encender el aire acondicionado. Ivy se abanica con sus larga coleta negra, con la lengua medio fuera

El sol brilla con intensidad, provocando un calor abrasador del que solo logran escapar algunos privilegiados que dan con las pocas sombras que hay.  Las clases han alcanzado su final y los alumnos abandonan el instituto, ansiosos de llegar a casa y encender el aire acondicionado. Ivy se abanica con sus larga coleta negra, con la lengua medio fuera y manteniendo sus ojos, azules como el hielo, abiertos de puro milagro. La luz del sol la ciega y el sudor recorre su piel. Está asombrada de que Gail, su mejor amiga, sea capaz de hablar tanto, no ha cerrado la boca desde que sonó el timbre. Está emocionada, no para quieta y sonríe de oreja a oreja. A veces odia lo alegre que puede ser.

—Es guapísimo y tiene un aura de peligro la mar de atrayente.

—El peligro no siempre es bueno, Gail —responde Ivy, pasándose la mano por la frente para evitar que unas gotas de sudor le vayan a los ojos —. No es la primera vez que sales mal parada por esa idea estúpida y romántica del peligro.

Gail hace un gesto con la mano quitando importancia al tema. Según ella solo ha sido mala suerte, un error haberse enamorado de tanto idiota, pero Ivy cree que debe abrir los ojos y dejar de lado tanto romanticismo tóxico. Entre ella y su madre tiene el cupo lleno de romances tóxicos, no quiere llegar a enamorarse de ningún chico en la vida.

—Tiene un amigo.

Ivy mira a su amiga, entrecerrando los ojos y negando con la cabeza. Gail echa la lengua de manera infantil, sin dejar de sonreír y llevando una mano a sus tirabuzones rubios.

—Lo sé, lo sé. Pasas de chicos, pero no deberías cerrarte —comenta Gail —. Tal vez algún día des con el hombre indicado.

— ¿Y por qué tiene que ser un hombre? —pregunta Ivy sonriendo de oreja a oreja —. Tal vez resulte que me gustan las chicas, de hecho somos más interesantes —añade antes de negar con la cabeza —. Gail, paso del amor. No me interesa, estoy bien sola… Bueno, contigo. —Le dedica una sonrisa cargada de ternura — ¿Siempre serás mi amiga, verdad?

Gail asiente, con los ojos brillantes por las lágrimas que trata de retener. Ivy se tensa y mira a otro lado, sonrojada e inquieta. No soporta cuando su amiga se pone tan emotiva, siempre la pone nerviosa y le cuesta reaccionar.  Gail tira de ella y la estrecha entre sus brazos, sin darse cuenta de que ha plantado la cara de Ivy contra su desarrollada delantera.

— ¡Gail! —Trata de gritar Ivy, mientras siente que el oxígeno la abandona.

Gail la suelta, entre carcajadas. Ivy se abanica más, necesita oxígeno y también refrescarse. Ya hace demasiado calor como para que su amiga se ponga pegajosa.

— ¡Te lo voy a enseñar! —exclama Gail agarrando su muñeca y tirando de ella.

Ivy trata de mantener el equilibrio pues ha sido demasiado repentino. Gail va a demasiada velocidad y Ivy nota como su piel grita mientras arde.  Los callejones que recorren empiezan a cambiar de ambiente. Atrás quedan las tiendas, atrás queda el bullicio y los parques. Se adentran en calles más oscuras, más solitarias y que huelen peor. La poca gente que hay las observa con suspicacia y sus miradas hielan la sangre de Ivy. Ya no nota calor, está helada y su piel ha perdido color. Traga saliva, observando todo, y siente saliva al parecerle ver como unas piernas son arrastradas hacia el interior de un portal, inertes y ensangrentadas. Trata de convencerse de que es su imaginación que le está jugando malas pasadas, pero todo el lugar desprende peligro.

—Gail, no sé si deberíamos…

— ¡Allí está! —exclama su amiga, mientras tira de ella con más entusiasmo.

Ivy mira al frente. Un chico alto, de cabellos rojizos y ojos rasgados, está apoyado contra una pared con las manos en los bolsillos y la chaqueta colgada de uno de sus brazos. Lleva con calma un cigarrillo a la boca y luego expulsa el humo. Sí, sí que parece peligroso, tiene ese aire de hombre al que no debes acercarte si aprecias tu propia vida. Pero no es él lo que más le preocupa. Nota movimiento cerca de él, le parece ver la mano de otro hombre, retorciéndose de dolor. El sonido de los cubos de basura cayendo al suelo y un quejido… Están dando una paliza a alguien, ya no hay opción a duda. Usa toda su fuerza para frenar y logra que Gail pare con ella. Gail la mira con estupefacción e Ivy le indica que mantenga silencio.  Deben retroceder antes de que alguien se dé cuenta de que han visto lo ocurrido.

Ivy da un paso atrás y se gira, dándose contra un muro que antes no estaba ahí. Retrocede y se frota la cara con la mano que tiene libre, pero al notar como la de Gail tiembla se pone en tensión y alza la mirada. Un hombre alto y corpulento las observa desde debajo de un hortera y anticuado sombrero. Sus ojos, pequeños y medio entornados,  les lanzan destellos de odio y amenaza. Ivy tira de Gail y la sitúa detrás de ella.

—Te dije que el peligro no es bueno —murmura.

El hombre que tienen en frente sonríe divertido al oírla y da un paso hacia ellas.

—Todo lo contrario —responde él acercando su redondo rostro al de Ivy y lanzándole su fétido aliento —. El peligro puede ser magnifico, pero hay que saber manejarlo.

Ivy mueve la mano frente a su rostro, con gesto de asco.

— ¿Sabes que puede ser magnifico también? La crema de dientes y el espacio personal, pruébalos. — Ivy ni siquiera es consciente de la metedura de pata hasta que el hombre frunce el ceño y enseña los dientes.

Solo ella puede escoger una situación así para vacilar a alguien. Gail tiembla cada vez más. Tironea de la ropa de Ivy haciendo lleve su atención tras ella. El chico de pelo rojizo se acerca a ellas y tras él otros dos hombres. Uno tan grande como el que tienen en frente y el otro pequeño y barrigudo. El pequeño se toquetea el labio con seriedad, pero pronto les dirige una sonrisa sombría.

—Ivy, lo siento… Te quiero mucho. Desearía que no acabásemos así.

—Cierra la boca. —Le ordena Ivy, tratando de mantener control sobre el tono de su voz para que no le tiemble, para no mostrar lo asustada que está —. Aun estamos vivas.

—Haz caso a tu amiga —. Dice el pequeño —. Aun estáis vivas y así seguirá si os portáis bien.

Ivy, que hace unos momentos no sabía a quién prestar atención, dirige su mirada al hombre bajito.  No le gusta cómo suena eso. ¿Qué es portarse bien para él? ¿Qué quieren de ellas?

— ¿Qué pensáis, chicos? Al jefe podrían gustarle dos muñequitas como estas…

—Y algunos clientes estarían muy satisfechos —añade el chico, con una sonrisa desdeñosa —.Podrían divertirse mucho con ellas, seguro que pagarían bien.

No, eso sí que no lo va a consentir. No se va a quedar quieta mientras las prostituyen, mientras las mantienen vivas, pero muertas por dentro. No. Agarra con más fuerza la mano de Gail y mete una patada al grandullón en la entrepierna. Este por la sorpresa retrocede e Ivy aprovecha ese pequeño instante para echar a correr. Es ágil, es rápida, incluso tirando de Gail pude moverse con soltura, cree que es posible escapar de sus perseguidores con un poco de suerte y luego… Luego buscarán protección en la policía.

Entonces la mano de Gail se resbala de la de ella y nota un golpe seco a su espalda. Frena sus pasos y se gira. El cuerpo de Gail está en el suelo, con sus tirabuzones extendidos y cubriendo su cabeza, y un charco de sangre la empieza a rodear. Las lágrimas surgen de los ojos de Ivy, que durante unos segundos no se puede mover. Los hombres empiezan a acercarse, pero no parece que tengan demasiada prisa. Quieren jugar con ella, se da cuenta mientras vuelve a correr. Pero ella no es un ratón que el gato pueda cazar, no van a conseguir atraparla con tanta facilidad.  Querría llevarse el cuerpo de Gail, pero muerta no servirá de nada a su amiga.

¿A dónde puede huir? No puede llevar a esa gente a su casa, debe esconderse en otro sitio.

***

Ha pasado un día y esa gente aun no ha dado con ella. Decide entonces ir a su casa a coger un par de cosas para luego seguir huyendo. Con cuidado, escondiéndose en los rincones que encuentra, se dirige hacia su casa. Se esconde  y observa el entorno. Si son una mafia es posible que les sea fácil descubrir quién es ella y donde vive, debe tener cuidado.

Por el camino ha introducido su móvil en el bolso de una mujer con la que ha fingido chocar, por lo que no le preocupa que le llamen y la descubran. Varias personas que le provocan sospecha están cerca de la casa, si quiere entrar tendrá que esperar al momento adecuado.

— ¿Has visto a la chica?—El hombre bajito ha salido de la casa y habla con uno de los que están fuera.

Ivy traga saliva. Han estado en su casa. Debe saber si su madre y su padrastro están bien, pero sin dejarse ver por ellos, pues si la ven estarían en mayor peligro. Por mucho que ese hombre no le guste, tampoco quiere que le pase nada.

—Nada, August. La chica aun no ha venido por aquí.

—Lo acabará haciendo —dice August con una amplia sonrisa en la que se ve que algunos de sus dientes son de oro —.Las adolescentes necesitan su hogar, sus cosas…. A sus papás.

Ivy se esconde más, pues tiene la sensación de que August dirige miradas hacia su posición. August saca algo del bolsillo, un papel. Ivy se fija más y se da cuenta de que no es un simple papel, es una foto sacada con una polaroid. Puede ver un pequeño agujero, el hecho por una chincheta, y una huella rojiza en su base, la huella dejada por una descuidada mano manchada de pintura, la huella de Gail. Esa foto es una de sus favoritas, una que se habían hecho ellas dos para que Gail pudiera pintar un retrato que cuelga de… O más bien que estaba colgado, pues otro hombre sale de la casa con el lienzo bajo el brazo.

—Se ve que una de estas dos era una verdadera artista —comenta August —. Este será un buen presente para el jefe.

Ivy se deja caer contra la pared que la refugia, llegando a acabar sentada en el suelo. Sofoca gemidos de angustia con una mano, mientras nota como la cara se le va empapando lentamente. Tiene ganas de gritar, de correr hacia ese hombre y quitarle sus objetos preciados, tiene ganas de golpearle hasta acabar con su sonrisa, acabar con la sonrisa de quien mató a su Gail.

***

Pasado un rato encuentra la forma de alcanzar la ventana de su habitación. Se dispone a coger ropa, pero esos hombres la habrán visto y la distinguirán fácilmente si viste con algo de eso, ya conseguirá otra ropa. Saca del escritorio otra foto, esta solo de Gail que le observa desde ella con una amplia sonrisa y sus ojos castaños deslumbrando con su ternura. Guarda la foto en una mochila, junto con unos caramelos y unos chicles, y sale de la habitación. Tratando de que no la vean llega hasta la cocina, en el piso de abajo, y coge algo de comida que no necesite ser cocinada.  Siente pasos acercándose y se esconde rápidamente.

— ¿Crees que estará bien? —pregunta su madre, con angustia en la voz.

—No te preocupes, cielo. Es una chica lista y esos hombres harán lo que sea necesario para traerla de vuelta.

—No me dan buena espina —responde la madre, que mira hacia la puerta de la entrada.

Él parece demasiado tranquilo, demasiado confiado. Tras haber estado frente a un peligro tan grande, Ivy cree haber desarrollado alguna paranoia, pero al mismo tiempo siempre ha confiado en su instinto. Observa la escena con calma, como él abraza a su madre y le besa la cabeza. En la mano tiene dos anillos, el que corresponde a la boda con su madre y otro que le resulta familiar. Tarda unos segundos en ubicarlo, pero pronto descubre donde lo ha visto. En la mano de August.

La ventana de la cocina está abierta, es un buen momento para salir. Ya buscará la forma de ayudar a su madre.

***

Se ha visto obligada a robar ropa para poder vestir algo que no se pueda asociar con ella, no tiene tiempo que perder en tiendas, debe esconderse y un centro comercial es el primer sitio donde buscarán a  una adolescente.

Entra en la comisaría más cercana y relata lo ocurrido a los policías allí presentes. La hacen sentarse, le dan un chocolate y se alejan de ella. Les observa por el rabillo del ojo. Dos de ellos cuchichean  y otro ha cogido el teléfono.  El policía le dirige una mirada y sonríe de manera tranquilizadora, pero Ivy se queda paralizada al ver algo que se mueve en su cuello. Del cuello del policía cuelga una medalla y de esta una especie de serpiente alada de oro. Esa criatura la ha visto antes, tatuada en la piel de algunas de las personas que van con August, en colgantes de otros o en distintos tipos de accesorio. Está perdida si sigue ahí.

Lleva la taza a los labios un par de veces, tratando de mostrarse tranquila. Los policías se alejan más de ella y se ponen con distintas actividades. Como ha podido ha robado un par de armas de la comisaría y sale de ella, dispuesta a enfrentar su destino.

Se esconde y comprueba que las pistolas estén cargadas. Tras asegurarse vuelve a ponerse en marcha, directa a las calles donde vieron a esa gente.

—Que sea lo que el destino quiera…

August está apoyado en una pared, lanzando una moneda y atrapándola al vuelo.

— ¿Esta es la mocosa que se os escapó? —pregunta un hombre trajeado, mientras se aprieta la corbata.

—Sí, jefe. Esta es la gatita escurridiza.

Ivy gruñe por ese trato tan desdeñoso y misógino, pero ¿Qué cavia esperar de hombres que querían prostituirlas en contra de su voluntad? Ivy saca una de las pistolas y apunta, con manos temblorosas hacia el jefe, que al momento suelta una carcajada.

—Pero, bonita. ¿No ves que eso no es para ti?

—Cállese, no dejaré que me maten.

El jefe se encoje de hombros y silba. Pronto aparecen un grupo de hombres de distintos tamaños y unas pocas mujeres.  Ivy agarra con más fuerza la pistola y dispara al primero que se mueve hacia ella. Falla, pero logra dar en la frente de un más bajito que tiene a la derecha. Ivy sonríe al verse afortunada, pues pese a haber fallado ha dado a uno de sus atacantes.

La sonrisa dura poco, pues aquel al que ha disparado se arranca la bala de la frente y se la traga. Ivy palidece y vuelve a disparar, dándole esta vez a una de las mujeres. La mujer se tambalea un poco y parece que va a morir, pero entonces sonríe, solo jugaba con sus esperanzas, y hace lo mismo que su compañero.

El aspecto de los que se acercan empieza a volverse extraño, tan solo August y el jefe mantienen un aspecto normal. Las orejas se les ponen puntiagudas, los labios se les cuartean  y la piel se torna escamosa. De entre los cuarteados labios surgen dientes puntiagudos y lenguas viperinas. Tras sus espaldas surgen alas y sus ojos se vuelven como los de los reptiles.

Ivy retrocede. No sabe qué hacer, las pistolas no le servirán de nada contra esas criaturas. Y de pronto algo le atraviesa el estomago. Mira hacia abajo y ve un uña larga y negruzca saliendo de ella. Es el final, no ha podido ayudar a su amiga.

***

Sobresaltada abre los ojos, incorporándose, y ve a Gail a su lado. ¿Todo ha sido un sueño? Gail está hablando todo el rato, ni se ha percatado de que se había quedado dormida. Lleva la mano al estomago y nota algo húmedo. Se mira la mano y luego su camiseta, la sangre está justo donde la hirieron. Alza un poco la camiseta, pero no hay ninguna herida. Al bajar la camiseta no hay rastro de sangre y en sus manos tampoco. Tal vez sea que aun no salió del todo de la pesadilla.

—Es guapísimo y tiene un aura de peligro…

— ¡No! —exclama Ivy agarrando a su amiga de los hombros —. Aléjate de ese hombre y busca uno que no de problemas, o estate sola, no necesitas a ninguno.

Gail la mira estupefacta y no sabe que responder.

***

El calor sigue siendo sofocante, pero no le importa. Ivy está feliz de volver a casa con Gail, de escuchar sus quejas sobre lo de ignorar al chico que le ha atraído esta vez. Pero de pronto nota como el ambiente se turba, como la sangre se le hiela, y mira a su alrededor. A lo lejos le parece ver a August, sonriendo, pero en seguida desaparece esa visión. Trata de calmarse y aprieta con ternura la mano de Gail. Solo es parte de su sueño, seguro. Se repite eso una y otra vez, tratando de convencerse, pero una pintada con forma de serpiente alada logra que frene sus pasos y que el corazón empiece a golpear enérgicamente contra su pecho.

— ¿Por qué no me salvaste? —pregunta de pronto Gail.

Ivy nota como su amiga clava sus uñas en su piel y al mirarla ve que ha cambiado. Su piel es escamosa y sus tiernos ojos tienen un tinte cruel.

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3 comentarios sobre “Reto 4. El peligro no es bueno

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  1. Hola,
    Encantador relato. Me gusto esa agilidad de la narración, que te atrapa desde el comienzo. Veo una linda amistad entre las protagonistas. Gail es más alegre, atrevida, Ivy más reservada. Las dos traspasan a otra dimensión desconocida y peligrosa, en la que Gail queda atrapada entre la realidad y la fantasía, con un final fatal para ella. !Si tan solo le hubiese hecho caso!
    Te invito a leer el mio: https://yessykan.blogspot.com/
    Saluditos

    Le gusta a 1 persona

    1. Curioso punto de vista sobre la historia y muy bien analizada la amistad de esas dos. Temía que alguna pudiera resultar antipática (que seguramente pase con algún lector), porque yo me he encariñado mucho con ellas.
      Okey :), en cuanto pueda me paso por tu blog.
      Gracias por tu lectura y tu comentario

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