Final del terror

Cuando todos despertaron, aquello era una masacre. La sangre y la muerte cubrían la universidad y sus residencias. El miedo y la angustia se cernieron sobre los supervivientes, alumnos y personal.  La universidad cerró sus puertas y la policía comenzó a buscar a la autora.

Pronto dieron con ella, o más bien con su cadáver.  Apoyada contra una pared del gimnasio, con el cuchillo clavado en su pecho.

***

Cuando todos despertaron, aquello era una masacre. La sangre y la muerte cubrían la universidad y sus residencias. El miedo y la angustia se cernieron sobre los supervivientes, alumnos y personal.  La universidad cerró sus puertas y la policía comenzó a buscar a la autora.

Pronto dieron con ella, o más bien con su cadáver.  Apoyada contra una pared del gimnasio, con el cuchillo clavado en su pecho.

***

Sus libros cayeron al suelo, dejando desperdigados todos los papeles con notas que ellos contenían. Se arrodilló y se dispuso a recoger todo, pero una bota se posó sobre su mano, presionándola contra el papel y la baldosa. Notó como el dolor le recorría el brazo, como la sangre dejaba de circular y las lágrimas caían por sus mejillas.

—Eres patética —. Él reía a carcajadas, mientras muchos los contemplaban sin hacer nada y otros fingían no verles —. Rata de biblioteca, bicho raro. Deberías ir por el suelo como el gusano que eres.

Dirigió sus ojos, de un verde oscuro, casi pardo, y se maldijo a si misma por no ser capaz de responderle, por ser incapaz de defenderse. Sus mejillas ardían, enrojeciéndose y sus ojos escocían a causa de las lágrimas.

Él se agachó y le agarró de las mejillas, clavando las uñas en su carne.

—Mírate, no eres capaz ni de abrir la boca. Eres tan cobarde…

Las lágrimas se acumularon en sus ojos, emborronando su visión. Lo peor de aquella situación era sentir que él tenía razón. Quería reunir valor, quería enfrentarse a él y librarse del acoso al que él, y otros que le seguían, la exponían desde hacía tanto tiempo. Quería reunir las fuerzas para enfrentarse a todos los que le habían hecho mal o permitido su dolor, gritar y pedir auxilio, exigir que alguien la ayudase e insultar a quien no reaccionase. Pero solo podía mirar con odio a su atacante y tratar de no gritar por el dolor del pisotón.

Y por fin la presión aflojó, pero no cesaron ni el dolor ni los ataques. Él le soltó la cara, pero impulsándole hacia el suelo, haciendo que su mejilla golpease contra las baldosas. Las lágrimas se desbordaron, mientras sus ojos se mantenían fijos en los libros.

Cerró los ojos y dejó aflorar una sonrisa; una sonrisa fría, tan fría y vacía como ella se sentía en ese momento.

***

Era de noche y el edificio estaba completamente vacío. Los alumnos se encontraban o en sus casas o en las residencias. Ella se coló en la cocina de la cafetería y sustrajo un afilado cuchillo deshuesador. Pasó su dedo por el filo y vio como la sangre caía de él. Su sonrisa se ensanchó y llevó el dedo a su boca, saboreando el sabor metálico de la sangre.

—Llegó la hora de defenderse…

Abandonó la cocina y tomó camino hacia las residencias.

***

—Espérame ahí, ahora vengo —dijo uno de los chicos, mientras salía de su cuarto, con una sonrisa traviesa en sus labios —. En serio, espero que estés cuando vuelva.

—Sí, pesado. Ve a por la nata —respondía otro chico desde el interior del cuarto.
Avanzó por el pasillo hasta alcanzar las escaleras y comenzó a descender, mientras tarareaba bajito una melodía que había escuchado recientemente. Nada más oía salvo sus pisadas y su tarareo, pero en seguida se percató de que no era así. No eran sus pasos los que sentía, sus pasos eran silenciosos, pero los que sentían eran arrastrados y sonoros, estaban acompañados de una fuerte respiración y una suave, e interrumpida, risa.

—Silencio, silencio, silencio… —Se oían susurros acercándose —. Siempre silencio, silencio, silencio…

Tragó saliva y continuó bajando. Sin duda esos sonidos serían o su imaginación o algún bromista. Volvió a tararear, pero sus tarareos ahora temblaban.

—Silencio… —Se oyó esta vez más cerca, justo en el momento que una mano le empujaba y le hacía caer por las escaleras.

Los golpes que recibió lo dejaron en el suelo, amoratado y con la cabeza dándole vueltas. Ni siquiera había sido capaz de gritar, la impresión había sido demasiado fuerte.

De pronto la tenía sobre él. La chica que él y sus amigos humillaban,  a la que su mejor amigo había cogido tanta ojeriza, estaba sentada a horcajadas sobre él y apretaba una mano contra su boca y nariz. Ella reía, pero era una risa silenciosa. El oxígeno comenzaba a fallarle, no podía evitar patalear, pero de pronto ella apartó la mano.

— ¿Qué quieres…?

Ella llevó un dedo a su boca y sonrió.

—No queremos desvelar las sorpresas —respondió.

Quiso gritar, iba a hacerlo, pero le volvió a tapar la boca.

No fue hasta bastante más tarde que el chico al que había dejado en su cuarto le encontró, yaciente en un descanso de las escaleras y con la piel ligeramente azul. Una interrumpida exhalación escapó de su garganta, al tiempo que se le formaba un nudo, pero no le dio tiempo a gritar. Ella clavó su cuchillo contra su cabeza, repetidas veces hasta salpicar todos los escalones y las paredes de sangre.

—No, no, no… —Musitó ella con alegría —. No os dejaré descansar tranquilos, vuestros cuerpos no estarán unidos —añadió mientras se llevaba, arrastras el cuerpo sangrante, dejando un sendero tras de sí.

***

Uno tras otro fueron cayendo compañeros, hasta que por fin le tocó a él. Le envió un mensaje desde el teléfono de su mejor amigo, aquel que había caído primero, y le citó en el patio, junto a uno de los árboles, uno en el que escritos estaban su nombre y el de varios de sus amigos. Los habían grabado como muestra de poder, de amistad y lealtad entre ellos.

Claramente confundido llegó hasta el árbol, y alcanzar su destino la confusión dio paso al terror y a la angustia.  No podía moverse, no podía apartar la mirada del cuerpo de su amigo, que colgaba de una de las ramas con el torso descubierto y en él un mensaje grabado a cuchilladas.

La hora llegó. Es el final del terror, del dolor. Muere.

Sintió como el frío se apoderaba de su cuerpo, como el oxígeno comenzaba a fallarle. Dio un paso atrás y giró, encontrándose con aquella mirada vacía.

—Es el final. ¿No has leído mi mensaje?

Una risa aguda y fría salió de los cortados labios de la chica. Quiso escapar, pero ella fue más veloz y lo tiró al suelo. El cuchillo comenzó a quitarle la piel, lentamente; le  cortó parte de las orejas; le cortó los dedos… Mientras el gritaba de dolor ella reía, entusiasmada, casi como una niña que juega por primera vez en los columpios.

— ¡Muere! —Exclamó antes de cortarle la garganta y levantarse.

***

Cuando todos despertaron, aquello era una masacre…

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