Dolor de cabeza

Te agarra con fuerza, clava sus uñas en tu cráneo, te aprisiona e incluso impide que puedas respirar con facilidad. Cualquier sonido, por pequeño que sea, puede ser una tortura, un infierno; tus propios suspiros y quejidos se te clavan como cuchillos;  el descanso desaparece para ti; nunca más te puedes relajar… Porque el dolor es demasiado fuerte, porque no se va, porque sigue a tu lado día tras día.

Se convierte en tu compañero, el más fiel, él nunca se alejará de tu lado, no te abandonará. Se convierte en tu sombra, una sombra que te envuelve en una oscuridad fría e hiriente. Cada paso que das es incierto, torpe, cualquier cosa puede pasar a partir de ahí.

El dolor nubla tu juicio, evita que puedas concentrarte o razonar. El dolor te entorpece el habla, evita que puedas expresar bien lo que sientes, que puedas desahogarte. El dolor complica tus actividades, evitando sobre todo que encuentres una vía de escape.

Y va en aumento. Se va metiendo en ti poco a poco, aumentando el nivel de sus ataques cuando ve que empiezas a acostumbrarte, que puede ser que ganas fuerzas y te enfrentes más a él. Cuando empiezas a hacer cosas decide golpear con más fuerza, no quiere que seas productiva. Es un enemigo duro y persistente.

El cansancio empieza a apoderarse de ti, pero ni siquiera al dormir consigues aligerarlo. Pesadillas te atrapan y no dejan que despiertes, tu respiración se agita y tus movimientos se vuelven violentos, o te tensas y ni siquiera puedes moverte. Sufres, pero no consigues liberarte, no consigues abrir los ojos. Y de pronto, sales a la fuerza. Es como si te arrancaran de algo en lo que estás incrustada, desgarrándote la piel y provocándote dolor. Como si te hubieras hundido en el agua y al salir el oxígeno quemase. Y todo es por el dolor de cabeza.

Empiezas a perder la consciencia, a vagar como si no tuvieras vida, como si tu mente se fuera a otro mundo. Empiezas a quedarte dormida en sitios donde no deberías o a despistarte cuando vas por la calle. Te pierdes, te mareas, te caes… Te ocurre de todo y te metes en problemas mayores. Es hora de depender de otros, pero los demás tienen sus cosas y no siempre pueden ayudarte. Tu vida cada vez está más limitada, incluso aquello que podrías hacer en casa se te complica.

De pronto hay espacios en blanco en tu memoria. Ni siquiera sabes si has cumplido con tus funciones corporales o si estás necesitando hacer algo. Pasan horas e igual ni has comido, pero crees que sí. Llegas a un sitio, pero no sabes cómo (esto también es por lo que te pierdes al ir sola por la calle). La ansiedad, la angustia, empiezan a apoderarse de ti. La vida pesa demasiado, pero sigues queriendo aferrarte a ella… A veces hay momentos de debilidad en los que quieres acabar con todo, pero sigues aferrándote a la vida, luchas porque no llegue ese final, luchas por no hacer tonterías.

Tu mente te juega malas pasadas. Dejas de actuar como sueles hacerlo, empiezas a evadirte a dejarte llevar, aunque no quieras, y eso te causa problemas.

El dolor de cabeza va ganando, por mucho que luches. El dolor de cabeza te tira, te pisotea y te humilla; pasado un tiempo te levantas, pero siempre vuelve a tirarte. Y está ganando, pues tu vida no avanza, tu vida está en un punto doloroso en el que tienes que esforzarte más de lo que puedes por demasiadas cosas y siempre hay alguna que puede contigo.

Así es como el dolor de cabeza puede acabar con tu vida, o bloquearla.

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